El Experto

La evolución urbana, un viejo asunto

A 200 años del nacimiento de Charles Darwin y a 150 de la publicación de su influyente obra sobre el Origen de las Especies, conviene recordar que la supervivencia de aquellas primeras tribus sedentarias y la consecuente multiplicación de su herencia genética, fue posible gracias a su dominio sobre el medio ambiente. Hoy, a 10 […]

La evolución urbana, un viejo asunto

A 200 años del nacimiento de Charles Darwin y a 150 de la publicación de su influyente obra sobre el Origen de las Especies, conviene recordar que la supervivencia de aquellas primeras tribus sedentarias y la consecuente multiplicación de su herencia genética, fue posible gracias a su dominio sobre el medio ambiente. Hoy, a 10 mil años de distancia y habiéndonos apropiado de todo el planeta, no podemos ocultar que nuestra iniciativa y creatividad están forjando condiciones negativas para el desarrollo de la propia especie humana. Tal vez llegó el momento en el que todos los que participamos en la transformación del espacio habitado le prestemos mayor atención a los mecanismos de la vida en el planeta.

La utilización del suelo para el uso urbano comenzó siendo un asunto pequeño, muy pequeño, hace muchos años; hacia el final del Pleistoceno, para ser un poco más preciso, en el incierto ir y venir de la última edad del hielo. Cuando la última glaciación fue replegándose progresivamente hacia el norte del planeta, con retrocesos y retornos eventuales, hace ya más de 10 mil años, algunos pequeños grupos de cazadores y recolectores nómadas decidieron detener su marcha sin fin y asentar sus pocas pertenencias en algún aislado paraje de aquel paisaje sin fronteras. A partir de entonces y en el transcurso de unos cuantos miles de años, en diversas partes de ese mundo casi deshabitado, fueron apareciendo los primeros asentamientos de la nueva y orgullosa especie humana moderna. Atrás habían quedado ya los otros parientes que nos acompañaron por un largo trecho en el misterioso camino de la evolución: los toscos Neandertales, los espigados Cromagnones; la especie humana arcaica, toda, reposaba ya bajo la tierra, convertida en montones de huesos desordenados, que algún día habrían de convertirse en preciados trofeos, para los pacientes y esforzados científicos que los irían descubriendo.

A contrapelo de la teoría de que fue el dominio de la agricultura lo que le permitió a las viejas tribus nómadas arraigarse a un pedazo de tierra, hoy se propone que el proceso pudo haber sido un tanto diferente. En su bien documentado y legible estudio sobre el largo amanecer de la humanidad[1], el autor y reportero del New York Times, Nicholas Wade, explora un escenario en el cual el sedentarismo se volvió posible cuando la seguridad del grupo se pudo sustentar, en parte, en el creciente número de sus miembros. En la condición nómada la movilidad representaba la seguridad, pero para tener capacidad de respuesta rápida ante el peligro, el grupo estaba obligado a viajar ligero, con lo mínimo indispensable, ante el temor constante de ser atacado a descubierto. Los expertos en el tema estiman que la tribu nómada típica no excedía de unos 150 individuos, incluyendo hombres, mujeres y niños y que estaba conformada básicamente por individuos ligados entre sí por lazos de sangre. La comunidad sedentaria, en cambio, pudo levantar fortificaciones y aceptar convivencias de beneficio mutuo con otros grupos ajenos a la familia ampliada. La tribu sedentaria, más numerosa que sus posibles atacantes, podía proteger a sus mujeres y a sus alimentos y pudo dar los primeros pasos en la gran revolución de la historia humana: la civilización. Una pequeña fracción de tierra, tal vez protegida por la topografía circundante, accesible pero fácil de controlar, probablemente fértil y cercana a un río o una laguna. Y luego un primer ordenamiento del territorio, para dar a cada cosa su lugar. “El asentamiento, en otras palabras –dice Wade-, habría creado un ambiente considerablemente nuevo, al que la gente probablemente se adaptó, desarrollando un conjunto diferente de comportamientos, incluyendo un rango de habilidades intelectuales para las cuales no había demanda en las sociedades de recolección y caza.”

El asentamiento permitió y demandó una nueva organización social y la diversificación de tareas. Con ella nació la especialización. Así, la agricultura habría nacido de la experimentación paciente, con cereales salvajes inicialmente, según muestran las investigaciones. Teniendo un territorio propio y controlado, nuestros antepasados pudieron también acorralar y domesticar animales salvajes, como las cabras y los borregos, además, aseguran los expertos, de contar con el apoyo vigilante de su nuevo aliado domesticado: el perro. Las evidencias muestran igualmente los rastros de un nuevo orden social, con ricos y pobres, en el que aparece la propiedad, la estructura de poder y las primeras expresiones formales de religión. Finalmente, al paso lento del tiempo prehistórico, el asentamiento, la especialización, la producción de alimentos, la acumulación de excedentes y la propiedad dieron lugar al inicio del comercio con otras comunidades sedentarias. El uso y sentido del espacio territorial adquirió nuevas expresiones. La costa oriental del Mar Mediterráneo fue el primer escenario de esta gran revolución.

Pero toda esta narración sobre el origen del asentamiento humano y del uso urbano o doméstico del suelo, para resolver nuevos y cambiantes problemas de las nacientes comunidades sedentarias, requiere de una lectura paralela: la de la Evolución (así, con mayúscula). Los teóricos de la evolución han señalado dos características fundamentales de este proceso, que conviene tener en cuenta para el tema que nos ocupa: en primer lugar, la evolución no supone ni garantiza un cambio necesariamente positivo o favorable, que “mejore” a las especies; en segundo lugar, la selección natural no es la única modalidad en la que la evolución procede. La evolución es una respuesta genética al cambio de condiciones externas a un organismo vivo y puede ser degenerativa y hereditaria, además de que la evolución también puede ser inducida y guiada por el ser humano, mediante lo que los teóricos en la materia llaman “selección artificial”, por oposición a la previamente mencionada selección natural. El ejemplo a la mano podrían ser los polémicos cultivos “transgénicos”, o las bellas rosas de invernadero, o los ejemplares de “pura sangre” y “pedigrí” que hoy en día desfilan y compiten en hipódromos o en competencias caninas.

Ciertamente no son, estas dos formas de “selección” -la natural y la artificial-, las únicas maneras en las que la evolución opera, pero es esta segunda forma de selección, la “artificial”, y el riesgo degenerativo lo que tiene relevancia directa para el tema de esta breve reflexión. Los genes también responden a los cambios culturales, nos recuerda Nicholas Wade.

La afortunada transición al sedentarismo y la capacidad humana de alterar o inducir cambios en los procesos evolutivos nos mueve a una tercera reflexión, acerca del tiempo. Los más de cien mil años de aparición de la especie humana, desprendida ya de su tronco común con los simios; los cerca de cincuenta mil años de poblamiento y conquista progresiva del planeta a partir de nuestra original cuna africana; los casi diez mil años de civilización creciente. Toda esa maravillosa y larga historia no constituye sino una modestísima fracción del tiempo en el que la vida ha transcurrido en nuestro planeta. En su admirable simplificación del complejo mundo del conocimiento científico[2], Bill Bryson propone una ilustrativa manera de entender esa brevedad relativa de nuestro tiempo en la Tierra. El ejemplo consiste en imaginar que todo el tiempo transcurrido en esa larga historia se corresponde con la duración de un solo día. Comprimido así el tiempo, la Tierra se habría formado en la hora cero y la vida en el planeta habría comenzado hasta las 4 de la mañana, con los primeros y más básicos organismos unicelulares, continuando sin mayores avances durante las siguientes dieciséis horas. Pasadas las 8:30 de la noche, la Tierra aún no habría tenido mucho más que mostrar que una extensa y delgada cubierta de microbios. A partir de entonces aparecerían finalmente las primeras plantas marinas, seguidas, veinte minutos después, por las primeras medusas, y durante los siguientes noventa minutos veríamos desfilar una fauna conformada por organismos menores, hasta que a las 10 de la noche brotarían las primeras plantas sobre tierra firme, seguidas por las primeras criaturas terrestres. Hacia las 10:24 pm y con un clima favorable, la Tierra se cubriría de bosques carboníferos, apareciendo los primeros insectos alados. Antes de que dieran las 11 de la noche entrarían en escena los dinosaurios, que no permanecerían en la Tierra más de tres cuartos de hora. Faltando veinte minutos para la media noche comenzaría la era de los mamíferos. La especie humana haría su arribo, finalmente, faltando un minuto y diecisiete segundos para las 24 horas, y toda la historia escrita de la humanidad tan solo alcanzaría los últimos segundos del día…Tan solo el 0.0001 porciento de la historia de la Tierra”.

En este relativamente breve tiempo de existencia de la especie humana en la Tierra, ya hemos logrado la extinción de muchas otras formas de vida, animal y vegetal, que alguna vez tuvieron su propio nicho de existencia en este planeta. Apenas estamos terminando de explorar algunos los rincones del planeta y ya los gobiernos y los organismos civiles de todo el mundo organizan reuniones internacionales urgentes, para buscar la manera de frenar el riesgo de auto extinción al que la raza humana parece dirigirse con paso acelerado. Desde aquellos primeros pasos en la “domesticación” del territorio salvaje, hasta los últimos alardes de la exuberante arquitectura financiada por el petróleo, la raza humana se ha enseñoreado del planeta Tierra, interrumpiendo miles de millones de años de evolución natural, transformándolo a su parecer y conveniencia. Unos cuantos siglos de audacia, de ingenio, de ambición, de productividad desbordada. Maravillas del urbanismo, de la arquitectura, de la ingeniería, de la civilización creativa. Al detener su esclavizante peregrinaje, la pequeña tribu de la especie humana moderna hizo un análisis del sitio, organizó el uso del suelo, levantó estructuras para guarecerse y realizó algunos cambios en el curso natural de las cosas, para asegurar el sustento alimenticio de sus miembros. Unos cuantos siglos después, la orgullosa especie humana sabe que su incontenible capacidad de transformar el mundo natural que heredó, se ha salido de control.

A 200 años del nacimiento de Charles Darwin y a 150 de la publicación de su influyente obra sobre el Origen de las Especies, conviene recordar que la supervivencia de aquellas primeras tribus sedentarias y la consecuente multiplicación de su herencia genética, fue posible gracias a su dominio sobre el medio ambiente. Hoy, a 10 mil años de distancia y habiéndonos apropiado de todo el planeta, no podemos ocultar que nuestra iniciativa y creatividad están forjando condiciones negativas para el desarrollo de la propia especie humana. En ese largo –y a la vez breve- período de tiempo, nuestra especie ha alcanzado un desarrollo tecnológico asombroso, especialmente si consideramos que durante cientos de miles de años, nuestros ancestros no parecen haber dominado más tecnología que la necesaria para producir hachas de pedernal, pero no es sino hasta los últimos tres siglos cuando la ciencia se ha desarrollado realmente, abriendo una ventana para observar y comprender nuestro origen y nuestra interdependencia con el medio ambiente y permitirnos, además, evaluar los efectos inesperados e indeseables de nuestra maestría tecnológica. Durante aquel largo peregrinar, desde las selvas o las cavernas hasta las comodidades de la vida urbana moderna, las explicaciones sobre nuestra existencia en el mundo nos la dieron el mito, la religión y la filosofía; chamanes, sacerdotes, videntes, sabios, utopistas y todo tipo de iluminados. Hoy la ciencia nos ofrece una alternativa a los mensajes apocalípticos y escatológicos. Deducciones en vez de revelaciones; construcción del futuro en vez de aceptación de designios; planeación informada en vez de creatividad irreflexiva y ambientalmente irresponsable. Técnica y ciencia caminando de la mano. Tal vez llegó el momento en el que todos los que participamos en la transformación del espacio habitado –arquitectos, ingenieros, agentes inmobiliarios, constructores, financieros, entre otros- le prestemos mayor atención a los mecanismos de la vida en el planeta.

Hace unos días, el diario The New York Times le dio espacio a una colaboración de la prestigiada escritora, editora y analista de temas ambientales y urbanos Allison Arieff [3]. La autora nos recuerda aquí una vieja valoración hecha hace 40 años por el legendario Buckminster Fuller, que me permito transcribir: “Nuestras camas están vacías dos tercios del tiempo. Nuestras salas están vacías siete octavas partes del tiempo. Nuestros edificios de oficinas están vacíos la mitad del tiempo. Es tiempo de que pensemos un poco en ello”. En el artículo periodístico que cito, Arieff señala el valor de la tecnología GPS para localizar información espacialmente, cuyo “nivel de especificidad, tanto a nivel micro como macro, está ayudando a revolucionar la manera en que pensamos, planeamos y diseñamos el espacio que habitamos (o abandonamos). Un mapa visual puede enseñarnos patrones de sobre-edificación, uso equivocado (o falta de uso); nos puede enseñar mucho acerca de nuestra tendencia actual de sobre-edificar”. El ejemplo al que nos acerca Arieff se refiere a la metodología que ha venido desarrollando un grupo de profesores y estudiantes de la Universidad de Berkeley, para identificar la inmensa cantidad de espacio desperdiciado dentro de una ciudad (“espacios entre espacios”): callejones, derechos de paso, excedentes sin uso asignado, etc., que podrían tener un aprovechamiento con impacto social, ambiental y económico. Tierra de nadie, en ocasiones útil para el crimen y la basura. En la veloz inercia de la urbanización y la creatividad tecnológica, vamos dejando desperdicios que dañan y degradan a la sociedad y al planeta.

En la visión que proponen las grandes religiones, el mundo y la humanidad tienen un final inapelable a la vista. Nada de lo que hagamos evitará el cumplimiento de un ciclo cósmico más en el eterno devenir según el Hinduismo, ni la escalofriante llegada del día de pagar la cuenta, según el designio señalado por el Cristianismo y por el Islam. Al final, el planeta se queda y nosotros nos vamos -con un poco de suerte, antes de que éste se vuelva inhabitable. En la visión que propone la ciencia, todo cambia y toda causa tiene su efecto. Está en nuestras manos y es nuestra obligación moral proteger y mejorar nuestro entorno, hacer un uso racional de los recursos naturales y construir un espacio habitable, que no condene a las futuras generaciones a la escasez del agua, al envenenamiento del aire, a la improductividad del suelo, al deterioro del clima, a la desaparición de especies o al empobrecimiento de su variedad. ¿Urbanismo y arquitectura del despilfarro o desarrollo sustentable? ¿Evolución o Predestinamiento? Usted escoja.

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