La vivienda sustentable y el crecimiento vertical responden a ciudades con menos suelo disponible, traslados largos y una demanda creciente de espacios eficientes.
La vivienda sustentable no es una idea nueva. Su relevancia aumentó con la preocupación por el cambio climático y con la necesidad de mejorar la forma en que se construyen y operan los hogares sin sacrificar confort.
El principio consiste en armonizar arquitectura y medio ambiente mediante una orientación adecuada, materiales y tecnologías eficientes y un mejor aprovechamiento de los recursos. Aunque algunas ecotecnias requieren una inversión inicial mayor, el ahorro durante la operación puede volverlas más rentables para sus habitantes.
La vivienda como parte de la ciudad
Un hogar no funciona de manera aislada: forma parte del tejido urbano. Por eso, la sustentabilidad también depende de su ubicación, la cercanía a empleos y servicios y la capacidad de reducir desplazamientos.
Las ciudades con suelo limitado o geografías complejas adoptaron edificios verticales para concentrar vivienda, comercio y oficinas. Esta mezcla puede incorporar amenidades como gimnasios, salones de usos múltiples y albercas, y aprovechar mejor la infraestructura existente.
Del crecimiento horizontal a la densidad
Durante décadas, la Ciudad de México se expandió hacia suburbios alejados del centro. La distancia entre vivienda y empleo prolongó los traslados y presionó una planeación urbana que ya enfrentaba un fuerte crecimiento demográfico.
La construcción vertical apareció como una alternativa para acercar a las personas a las zonas de actividad y optimizar el suelo. Espacios menores, bien diseñados y con menor demanda de mantenimiento pueden adaptarse a la vida urbana contemporánea.
El artículo también advertía que la redensificación modifica barrios antes industriales o de menores ingresos y puede acelerar procesos de gentrificación. Por ello, el ahorro de recursos y la calidad de vida deben evaluarse junto con los efectos sociales de la transformación urbana.