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Reflexiones durante la pandemia: Del pasado al futuro de las oficinas

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Una pantalla negra se ilumina de a poco y nos deja ver a una elegante señora de mediana edad, detrás de un podio y que nos da la bienvenida. Se trata de la Profesora Diana Kleiner, académica de la Universidad de Yale y que se presenta ante un público dual: por un lado, sus estudiantes presenciales de esa clase inicial del semestre de primavera del 2009 y por otro, aquellos que decidimos tomar el curso en línea para aprender más sobre la Arquitectura Romana, estudiantes virtuales que nos asomamos desde el futuro a una clase que se ha vuelto referente en el mundo de los Cursos Masivos Abiertos.

Un comentario que hace la Profesora Kleiner, y que resonará durante todo el curso, es que no hay nada nuevo, todo ha sido inventado ya por los romanos. La declaración suena demasiado atrevida y por más que parezca una exageración es muy probablemente cierta. Y para ilustrar esta aseveración traigo a colación el Tabulario de Roma.

Se trata de un edificio que se encuentra en el lado noroeste del Foro Romano y cuyo vecino posterior es el Palacio Senatorial diseñado por Miguel Ángel 1670 años después. El Tabulario fue la sede de los Archivos del Estado, y durante esa época (70 a. C.) los documentos que se custodiaban y administraban en su interior eran tablillas de cera, es decir tabulas. Pero no sólo era un repositorio de tablillas, sino que también albergaba entre sus espacios áreas de trabajo. Es decir, el Tabulario era un edificio de oficinas gubernamentales.

Y con este ejemplo vemos que hace 2 mil años ya había entre los edificios de Roma uno especial, que no había sido dedicado al culto de ningún dios o emperador, ni era un espacio doméstico o comercial o para ejercer el poder real o simbólico. Su función era puramente burocrática, (trabajo de buró, de gabinete) un espacio dedicado al pragmatismo del trabajo cotidiano.

Con el declive del Imperio Romano y tras la destrucción de muchas bibliotecas de la antigüedad clásica a finales del siglo IV, muchos de los avances culturales se fueron perdiendo, solo una pequeña élite podía escribir y leer. Fueron parte de esta élite, los monjes de la Edad Media, quienes tomaron la estafeta de archivar y salvaguardar el conocimiento escrito. El scriptorium medieval, aunque no era un espacio de oficina como lo conocemos hoy en día, se trataba de un lugar de trabajo que operaba al ritmo de las disciplinadas actividades diarias en el monasterio.

El scriptorium era un taller para la escritura, contaba con todo el material necesario para que los escribas o copistas hicieran su trabajo que consistía fundamentalmente en la transcripción y copia de textos y esta actividad era fuente de ingresos para la comunidad. En el scriptorium se realizaba una actividad remunerada de carácter intelectual, regulada a un horario y de manera cotidiana en un espacio diferente al doméstico.

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Para la época del Renacimiento algunos edificios destacan por su uso fundamentalmente de apoyo al comercio, en especial el Palazzo Uffizi diseñado por Vasari y cuya función principal es acomodar a los trece Tribunales Florentinos, es decir las oficinas administrativas y judiciales del Ducado de Toscana, cuyas funciones eran supervisar el comercio y la producción florentina. Es importante notar que las funciones de trabajo se vuelven a mover, desde el ámbito del gobierno en Roma, hacia el ámbito religioso durante la Edad Media y en esta ocasión al ámbito judicial y de gobierno de nueva cuenta, pero con un fuerte componente civil y mercantil.

Fueron las actividades mercantiles y de colonización del Reino Unido durante el siglo XVIII que generaron la necesidad de edificios que por primera vez en la historia fueran diseñados para el trabajo de buró. Uno de los primeros edificios en albergar funciones de administración y gestión fue el Edificio Ripley o Antiguo Almirantazgo en Londres. Fue construido especialmente para la función de oficinas en 1726 y tres años después se construye, también en Londres, la East India House, edificio sede desde el cual se administraban las posesiones coloniales de la empresa. Su operación era compleja y requería de miles de empleados para procesar todo el papeleo que la expansión colonialista requería.

Ya en el siglo XX las operaciones comerciales empezaban a explorar el mercadeo por correo, y en el caso de Sears, Roebuck and Co resultó en un éxito que los llevó a la necesidad de construir lo que en su momento fue el edificio más grande del mundo en Chicago, el tamaño del edificio fue indicativo de la cantidad de trabajo necesario para procesar los pedidos hechos por el servicio postal.

Los cambios en la organización de la estructura de trabajo trajeron consigo modificaciones importantes en el espacio arquitectónico. Estos cambios venían acompañados de postulados teóricos. Las teorías de la eficiencia y la funcionalidad germinaron con fuerza en la sociedad, especialmente en los tiempos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando la escasez y la emergencia convirtieron al pragmatismo en una estrategia de supervivencia. Ideas como “menos es más” o “la forma sigue a la función” resonaron ampliamente en la sociedad, dejando a un lado la banalidad del ornamento para enfocarse fundamentalmente en la eficiencia de los edificios tanto en su función como en su construcción. En estas circunstancias surge una joya arquitectónica, el edificio Seagram de Nueva York.

El Seagram se alza en Park Avenue con la elegancia clásica de los monumentos inmortales heredados desde la época de los griegos, es un edificio en el que las proporciones de su forma, su inserción en el entramado urbano logra la obra más refinada del siglo, es la cristalización de la función sobre la forma, de la eficiencia hecha elegancia.

Finalmente, desde una óptica política podríamos decir que el edificio moderno de oficinas tiene sus orígenes firmemente arraigados en el colonialismo del siglo XVIII. Y la evolución del género arquitectónico también va de la mano de ideas de eficiencia y productividad, cuando menos durante la primera mitad del siglo XX.

La invención del elevador sumada a los nuevos procesos constructivos genera un crecimiento vertiginoso hacia arriba de los edificios, la tecnología libera a los arquitectos para usar de manera intensiva el costoso suelo subiendo los índices de densidad como nunca antes en la historia de las ciudades.

En este contexto de una gran densidad, de edificios cada vez más genéricos, de plantas libres y abiertas a recibir cualquier uso es que surge un libro seminal para la comprensión del fenómeno contemporáneo de la arquitectura. El arquitecto holandés Rem Koolhaas publica en 1978 su manifiesto Delirious New York en el cual describe la Cultura de la Congestión.

En uno de sus capítulos más conocidos, nos describe un edificio en el cual se puede “comer ostiones, desnudos y con guantes de box”. En su tono siempre irónico, Koolhaas nos hace ver que el elevador ha desarticulado los procesos clásicos de la vivencia de la arquitectura, que ya no es necesario experimentar “la promenade architecutrale” Corbusierana para acercarnos a un edificio y mucho menos para transitar de un espacio a otro.

El Club Atlético del Centro de Nueva York de 1931 es para Koolhaas el culmen de la vivencia moderna, un edificio donde los usos pueden ser tan variados como las actividades humanas lo son, sin atenuaciones ni transiciones, programáticamente variado, con usos apilados arbitrariamente unos sobre otros gracias a la existencia del elevador, en pocas palabras el edificio mixto por definición.

Es muy importante señalar cómo la tecnología ha impulsado la evolución del género de oficinas en los últimos 150 años, primero el telégrafo permite a las oficinas despegarse de los centros de producción o almacenaje, ya no es necesario que las oficinas estén físicamente alojadas en los centros industriales, por lo que se pueden mover a los centros urbanos y facilitar los movimientos de sus empleados. Después viene el elevador que detona un crecimiento vertical en los edificios que permite mayor concentración de trabajadores en el mismo terreno, es decir, mayor densidad.

Finalmente llega el aire acondicionado, que ahora nos permite crear edificios tan grandes donde ya no importa que cada espacio tenga su ventana, la ventilación mecánica hará que todos los usuarios gocen de un clima regulado y la iluminación tampoco ha sido un problema desde que, a finales del siglo XIX, contamos con electricidad y luminarias eléctricas, que además ayudaron a crecer el horario en el que los empleados pueden quedarse a trabajar en sus sitios.

Por lo mismo no será de sorprender que ahora dos fenómenos que vienen de la mano estén cambiando radicalmente la demanda de los espacios de oficina así cómo la manera de trabajar. Por un lado, la pandemia de Covid-19 y por el otro la adopción casi instantánea por parte de una gran mayoría del teletrabajo.

Durante este año y medio que ha durado la emergencia sanitaria hemos sido testigos de un experimento social acerca de nuestra flexibilidad de adaptarnos a circunstancias de cambio súbito y retador. Hemos visto que los programas domésticos han sufrido una gran presión al ser demandados para albergar actividades para las cuales no se diseñaron, y con ingenio hemos podido adaptar nuestras casas para convertir pequeños rincones en aulas y comedores en oficinas. Nos hemos dado cuenta de que podemos ser igual de productivos si nos quedamos a trabajar en casa, además de evitar congestionamientos viales, lo que a su vez nos ha dado más tiempo para otras actividades.

Los espacios de oficinas estuvieron prácticamente vacíos gran parte de estos 15 meses, lo que generó dinámicas urbanas inéditas como ciudades vacías, sin congestionamiento vial y comercios que no pudieron sobreponerse a la presión de vivir en calles sin flujos peatonales (el caso de Manhattan es uno de los más claros). También hemos visto el fenómeno de los nómadas digitales Koolhaasianos que han optado por salirse de ciudades con muy altos costos de vida para ubicarse en ciudades menos demandadas o, de plano, en destinos turísticos para llevar una vida de ensueño que hace un par de años hubiera parecido de ciencia ficción.

Por: M. Arq. Raúl Juárez Perezlete | Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño del Tecnológico de Monterrey.

Este es un artículo de la edición 128 https://inmobiliare.com/inmobiliare-128/ 

*Nota del editor:
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Inmobiliare.

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